Nevaba copiosamente, lo que no invitaba siquiera a salir del coche. Entramos en la iglesia, solo un poco más templada que el exterior. La gente va llegando. Admiramos la peculiar estructura de esta iglesia (escucho por algún lado que es sólo comparable a la catedral de Lérida, por algo de las columnas).

Ponen calefacción. Se va calentando la iglesia y, a la vez, hacemos unos ejercicios para calentar la voz. Ensayamos. La iglesia suena un poco raro. Así, en vacío…

Subimos al coro que está a una distancia de dos pisos y quince grados centígrados. Ensayamos con el organista. No hay problema. El coro local nos mira con curiosidad.

La Misa, poco audible, es seguida por el coro con desigual atención. En la entonación de los cantos litúrgicos la mayoría de coralistas mira para otro lado. Y es que la gente va cada vez menos a misa…

Y comienza el concierto, ante una entrada que podríamos cifrar en un cuarto de plaza. No más. Una pena.

El coro mira bastante al director pues no tiene claro cómo serán resueltas algunas frases, lo cual facilita las cosas. La música fluye sin problema, la gente disfruta cantando, y los villancicos emocionan a los parroquianos. Al final, sólo se trata de eso.

Al acabar el concierto, en la plaza luce el sol. Las alubias debieron saber a gloria. Para quien pudiera tomarlas…